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El Árbol de Navidad

 Una persona muy especial para mí me ha sugerido que, aprovechando la cercanía de unas fechas  "tan señaladas¨ haga un relato sobre el icono de mi infancia, tan feliz y tan lejana en el tiempo.
 Mi familia no era como esas americanas que, cometiendo un delito ecológico, iban a cortarlo al bosque. Este, casualmente, estaba cruzado por una carretera-al menos una autovìa. Nosotros no. Ibamos en familia-manada- en ¨peligrosa excursión¨- sobre todo si te negabas a ir, al altillo del mueble de la salita.Y digo .ibamos por no decir que acompañábamos a mi padre, al único a quién su envergadura le permitía llegar hasta la caja donde guardábamos el árbol ¡ de plástico¡ al que obligábamos a ¨veranear¨con sus bolas, como todo hijo de vecino. El problema es que, por culpa de mis travesuras y el paso del tiempo, sus bolas eran cada vez menos. Cosa preocupante que a mí, afortunadamente, nunca me pasó. Como eran menos las ramas que lo adornaban y que cada vez tenían que soportar nuevos adornos.Y me viene a la memoria, escribiendo sobre este tema, la tropelía que cometimos- yo era joven, colgando del arbusto, que no árbol, a una figurita de Papá Noel. Esta se encontraba situada frente al mencionado, en otro relato, Nacimiento o Belén. Menos mal que eran figuras inanimadas sino dejarían al actual conflicto de Gaza a la altura de una pelea de vecinos.Todo esto que os he contado lo he hecho intentando suavizar la nostalgia con unos condimentos de ironía. No sé si lo habré conseguido. Lo que si sé es lo que dice Gabo al inicio de su autobiografía. Que la vida no es como la hemos vivido. Es como la recordamos. No sé si lo que les cuento ocurrió exactamente así, pero¿ quién soy yo para llevarle la contraria al Maestro?.
 Por último, creo que, para evitar el conlicto previsible, mis padres-saviamente- me regalaban, y colocaban en medio, un diorama de cascos azules.

El "Dublín". Una memoria sentimental




Corrían los años noventa y andaban en su mitad cuando el que suscribe encontró el "Dublín". Ocurrió un domingo de fútbol, triste y otoñal, cuando me encontraba a la búsqueda de un refugio en el que desayunar. Parece tarea fácil, pero es que eran las cinco de la tarde. Es lo que tiene el trabajo nocturno y el vivir de pensión lejos del centro.
 Y allí estaba. C/ Panaderas nº 50. Nuevo, pintado de verde, con preciosas cristaleras. Además estaba al lado de la parada de autobús- lo cual se agradece si uno tiene la movilidad reducida-.  Entré. ¡No tenía tv! y a esa hora estaba bastante vacío. Me senté junto a la cristalera y pedí un desayuno. Una camarera de bandera, de caderas incontestables y voz de "blues" me lo sirvió. ¡ Por fin !, había encontrado mi sitio.
 Era un paraíso con música realmente buena: El blues de Van Morrison, el Jazz de Satchmo o la música irlandesa de The Chieftains. El local estaba dirigido por gente joven muy amable. Eso sí, no podías ir con prisa.
 Cuando dejé el trabajo nocturno iba a leer la prensa los sábados por la mañana. Por un café podías leer los cinco periódicos mas importantes. También comencé a quedar con mis amigos, pues era un lugar ideal para la tertulia, con la música en su volumen adecuado. Allí discutía sobre la vigencia de Keynes, la última novela histórica, la táctica de Napoleón en Austerlitz o el número de planos de "Psicosis" en la escena de la ducha. Todo ello a la espera de la famosa  tortilla que, en media hora se acababa.Todo era posible en el "Dublín". Incluso, en cierta ocasión, una sirena atravesó la cristalera, se zambulló en mi descafeinado y, de allí, paso a hacer largos en mi corazón. Cosas que solo podían pasar en aquel sitio. En otra ocasión casí fuí agredido  por la tripulación de un buque de la U.S. Navy, que a las tres de la tarde ya se habían bebido toda la cerveza de la ciudad.
 Igual que en Irlanda, había un "Dublín" real y otro mágico, literario. También leía y allí me atreví a empezar a escribir. El ambiente era propicio. Incluso cuando me compré mi primer Netbook y pusieron Wifi lo estrené allí.
 De todos los camareros y propietarios que pasaron por allí uno, especialmente, era el símbolo del local. Hablo de Lito. Amable, taciturno, serio, culto,él era el "Dublín". Casi sin conocerme me evitó guardar una larga cola en un concierto de Jazz, salvándome con una invitación. No sé que pasó, pero hace unos pocos años Lito, con otros compañeros, se fué y abrió el "DeLito", a pocos mentros. Esto, acompañado de la invasión de la tv en el local, marcó el declive del pub. Yo me trasladé al "DeLito", aunque ocasionalmente visitaba "mi" antigua casa. Pero ya no lo era. Con la llegada de la MTV desaparecieron los periódicos. Aunque Fernando intentó mantenerlo a flote, se fué quedando solo. Porque aquello no era solo un local, era un mito. Y los mitos no sobreviven a los cambios. Ni los "Bloomsday" ni los "San Patricios" eran los mismos. Y entonces llegó el último día. Por lo oído fué un cierre con mal estilo. En fín, el "Dublín" ya no existe, pero han sido mas de quince años maravillosos. No lo olvidaremos. Por ello me he puesto, para escribir este homenaje, de fondo a Van Morrison cantando "Brown Eyed Girl".
"Oye, ¿a donde hemos llegado?
Aquellos días lluviosos.
En nuestro escondrijo,
jugando a un juego nuevo.
Riéndonos y corriendo,
dando brincos y saltando.
Entre la niebla de la mañana con
nuestros corazones latiendo.
Mi chica de ojos marrones.
Tú, mi chica de ojos marrones".

 Aún cierro los ojos y puedo oirla, recibiéndome al entrar, entre el aroma del café, en el "Dublín".


Liberación


La luz del amanecer tropical, jugando con su rostro, la despertó. Se sintió mimosa y se desperezó. Aunque había dormido como una niña una punzada de agujetas le recordó que ya no lo era. Era un recuerdo dulce de la noche de pasión que había disfrutado. A su lado, entre sábanas tormentosas, dormía él, aquel hombre que había cambiado su vida. ¿O había sido ella la que lo había hecho?
 Porque lo que tenía antes no era vida. Era existencia negra, sufrimiento, desesperación y soledad.
Y es que, aunque era una mujer inteligente, sensual, culta, tierna... Había cometido un error. María se había casado con Jenaro. Jenaro era el hijo de los vecinos de toda la vida. Crecieron puerta con puerta, con esa confianza que antes se tenía con los vecinos .  Hicieron lo que se esperaba de ellos. Solo que ella se convirtió en una jovencita espabilada, con inquietudes- llegó a terminar el borrador de una novela- y con un sentido del humor digno de una gran inteligencia.
 Y Jenaro se convirtió en lo que había sido siempre: Una seta. Grande pero una seta. Dominado por su madre e ignorado por su padre, desarrollo una serie de complejos y frustraciones que solo buscaban un objetivo para florecer. Y ese objetivo fué María.
 La boda fué convencional, el viaje de bodas rutinario y los comienzos frustrantes. El sexo una obligación cada vez mas rutinaria y los silencios cada vez mas pesados. Tuvieron tres hijos, por que se supune que era lo que había que hacer. Jenaro enseguida se despreocupó de ellos. Sobre todo cuando empezó a beber. Y a cubrir a María de toda clase de culpas. Focalizó en ella todas sus frustraciones- incluso las laborales-. No tardaron en llegar los malos tratos.
 Pero lo que mas le gustaba a Jenaro era humillar en público a su mujer. Esas largas cenas familiares y de amigos- aunque no tenían muchos- eran su terreno preferido.En esto era muy bueno e implacable. Con ello consiguió que hasta los hijos le perdieran el respeto a su madre, y luego el cariño. María estaba al borde del precipicio.
 Una noche, lluviosa y negra, volvían de una de esas cenas con amigos. Jenaro iba muy borracho. Comenzó a cubrirla de reproches. Volvió a repasar su matrimonio hurgando en las heridas mas sangrantes. María cerraba sus puños crispados, callando, mordiéndose los labios hasta hacerse sangre. Sabía que, al llegar a casa, los golpes seguirían a los insultos.
 De repente los vió. Un par de faros de camión. Algo dentro de ella surgió, como de un animal herido de muerte. El instinto de supervivencia. Agarró con firmeza el volante de su marido y lo giró bruscamente a la izquierda. A su alcoholizado marido no le dió tiempo de reaccionar.
 El informe forense fué fácil. Muerte de Jenaro por decapitación. Ella sobrevivió con una conmoción cerebral, fracturas en los dos brazos y rotura de vertebra cervical sin afectación medular.
 Tardó cuatro meses en salir del hospital. Sus hijos no aparecieron. Suponía que era porque no podían hacer nada para heredar, pues ella era usufructuaria. Además, aunque la acusaron de la muerte del padre, el nivel de alcoholemioa de este fué definitivo. El informe era claro.
  El forense, un tipo curioso, de gusto en el vestir caótico, era de la edad de ella. Tenían un sentido del humor muy parecido, oculto tras sus gafas gruesas. Lector empedernido, enseguida se intercambiaron libros. Era un tipo solitario y dulce que comenzó a frecuentarla mas de lo que exigía su profesión.
 Cuando ella salió de hospital él la estaba esperando. La cuidó mucho y la llevó a cenar cuando ella pudo salir a la calle. Después, mecidos por la voz de Sarah Vaughan, hicieron el amor.
 Un año después estaban en Tenerife. Ella lo había acompañado a un congreso internacional en Santo Domingo.
 Abrió la ventana de la habitación y respiró el suave aroma del Caribe al amanecer. La brisa envolvió su cuerpo desnudo. Era la caricia de la libertad.

San Valentín

Salió de la oficina precipitadamente. Bajó al aparcamiento donde arrancó su deportivo disfrutando del rugido de su motor. Dejó el subterráneo detras encabritando todos los caballos de la máquina. Le gustaba correr, se sentía poderoso. Pero además tenía otro motivo. Recién casado, estaba profundamente enamorado de su mujer. Una preciosidad inteligente, culta, con un gran don de gentes y extremadamente sensual. Ella había cambiado su vida y le había devuelto la fe en la pareja depués de una expriencia nefasta.
 Pensaba en todo esto mientras corría a su casa. En el cd sonaba "Breakthru" de "Queen". Antes de terminar el tema entraba en el aparcamiento de su piso de lujo. Seguro que ella lo había visto llegar y lo abroncaría tiernamente. Además era San Valentín y el llevaba consigo los carísimos bombones artesanos ante los que ella perdía el control.
 Entró en casa. La luz de unas velas compensaba la falta sde luz del atardecer. Un tango instrumental- "por una cabeza"- fluía por el aire. Ella apareció con un vestido nuevo, negro y con la espalda descubierta hasta muy abajo. Le dió un beso cálido de terciopelo y lo envolvió con su delicioso perfume.Ella lo condujo hasta el salón. Allí el marisco ocupaba una mesa exquisitamente puesta. Ella lo atrajo hacia sí y condujo la mano de él hacia su sexo mientras le susurraba
- Coge fuerzas, mi amor, porque yo soy el postre.
Naturalmente no terminaron de cenar y tomó el postre bajo las sábanas.
 En el piso de arriba....
- Lo has oido Juana.. Para mi que está hablando solo. Pobrecillo. Está mal
- Y como estarías tú si tu mujer hubiera muerto por una imprudencia tuya y el forense te dijera que estaba embarazada de dos meses.

Una Jornada de Enero.


Fuera caía la tarde. Los últimos rayos del sol frío luchaban por asirse a las cristaleras que los coruñeses llamaban galerías.A pocos metros los navíos británicos maniobraban para recoger, lo mas temprano posible a las agotadas tropas que se agolpaban en el puerto. Solo los ilesos y los heridos mas leves. Los otros se apiñaban en los bajos de las casas portuarias. Estas eran ahora escenario de una tragedia. Aquellos soldados que se habían retirado en orden seiscientos quilómetros; que habían contenido al francés a las puertas de la ciudad, yacían ahora, hacinados, sentados contra paredes ensangrentadas o echados sobre mesas o suelos sucios, aguardando su última hora. Pero no estaban solos. En la planta superior de una de esas casas, su general, Sir John Moore, agonizaba rodeado de sus mas estrechos colaboradores, en una cama extraña, muy distinta de la que añoraba, en su querido Edimburgo, que nunca volvería a ver.
Ajena al destino del joven y bravo general, María ocupaba su mente en retrasar lo inevitable. El fin de aquellos desdichados. Siguiendo las indicaciones del doctor Lage. Aquel anciano bondadoso, con barba de chivo y demacrado, había pasado las últimas horas intentando arrancar a la muerte a aquellos jóvenes.
María lo comprendía, aún sin mirarlo. En aquellas horas ella había envejecido toda una vida y, aún frisando los treinta, creía parecer una anciana. Sobre todo tras contemplarse, involuntariamente, en un espejo roto de aquel salón. Los mechones rizados le caían descuidadamente por la cara, aunque intentaba que no le estorbaran, apartándolos mecanicamente con la mano. Gesto que repetía con desesperación y hastío.
En ello estaba cuando en la estancia entró un hombre. No llevaba el uniforme de ninguno de los regimientos que ella había aprendido a identificar ese día. Era un marino. Un marino español.  Alto, moreno, parecía en plena forma. Pero en su mirada azul se reflejaba toda la tensión del día. Tensión que remarcaban, pateticamente, sus mutilaciones. Un parche en el ojo, un muñón en su mano derecha y una visible cojera.
El marino recorrió la estancia con mirada escrutadora y ella no pudo evitar sonreirle. Entonces él se le acercó pero en vez de devolverle la sonrisa le espetó agitado:
- Capitán de Fragata Juan Ramón de Ulloa, a su servicio señora. ¿Se encuentra aquí el general Moore?
Su voz, aunque agitada, transmitia seguridad y su brusquedad, en modo alguno transmitía grosería.
- Soy María de Guitiriz, estoy ayudando al doctor Lage,-respondió mientras se limpiaba, avergonzada, las manos ensangrantadas al mandil y se pasaba la mano por el pelo por enésima vez-. El general está arriba, pero-dijo bajando la voz- creo que está muy mal. Antes de que maría pudiera terminar su frase el capitán de fragata ya se había lanzado escaleras arriba.
María, con un encogimiento de hombros volvió a sumirse en aquella realidad de suspiros agónicos, alaridos de dolor y oraciones musitadas resignadamente. De repente los recuerdos acudieron a su mente.
Recordó a su marido. Sus besos tiernos antes de acudir, con el alba, a atender los negocios del oficio de armador. Recordó a su hijo, que con dieciseis años se preparaba para entrar en la Universidad de Santiago. Recordó la paz. ¿Como era posible que solo hubiera pasado medio año?. Todo cambió con la mataza de Madrid. Entonces, en La Coruña, como en otras ciudades y regiones se habían formado Juntas de Defensa y partidas de ciudadanos, de todas clases, dispuestos a luchar. Su marido fué uno de los primeros. Y ahora yacía en algun lugar del fondo de aquel mar hermoso y duro, después de armar un corsario y ser hundido por los gabachos. De su hijo tuvo noticias poco después. Se había unido al Batallón Literario de Santiago cayendo pronto, en Espinosa de Los Monteros.
María se encerró en casa. Estuvo segura de que se volvería loca, esperando la muerte. No volvió a sonreir hasta que vió a aquel marino, que despertó algo que creía muerto.
De sus tristes recuerdos la sacó un grito grave, una voz de mando, al oir la cual la mayoría de los heridos, se levantaron penosamente e intentaron ponerse firmes. Lo que sucedió ninguno lo olvidaría mientras viviera. En una vieja manta fué bajado por la escalera el general. La escena, dramáticamente subrayada por el silencio, era patética. Aquel hombre menudo, transportado en una manta sucia, cuya palídez cadavérica resaltaba a la luz de las velas, era, para aquellos soldados un dios. Aquellos rudos hombres, endurecidos por la batalla, no pudieron reprimir las lágrimas aunque mantuvieran el cuerpo rígido y dieran enérgicos taconazos al paso de su general. De repente un viejo Sargento Mayor de los Gordon Highlanders comenzó a cantar "God Save the King", seguido por todos los presentes.
María no pudo evitar echarse a llorar y Juan Ramón apenas pudo controlarse.
A medida que los navíos iban llenándose una tensa calma se extendió por la estancia. La improvisada enfermera y el mutilado marino se sentaron juntos, apoyados en la pared y fueron haciéndose confidencias imposibles en toras circunstancias. Al terminar una bella unión había nacido entre ellos, casi imperceptible para otros pero muy firme. Como firme era la intención de Ulloa
 Salieron de la casa juntos, para ayudar a cargar a los últimos heridos en los carros que los aproximarían al puerto. Fué entonces cuando, al pié de la escala Juan Ramón se lo dijo.
Le dijo que la amaba, que aunque pareciera una locura en aquellas escasas horas había conocido una paz perfecta, aún en el caos. Que esta seguro de que aquellos ojos negros guardaban su futuro. No le prometió maravillas, los dos eran lo suficientemente mayores para tonterias. Pero si le prometió amarla y cuidarla; llevarla a Escocia, con su madre y darle una vida que se merecía desde hace mucho. No le prometía que, mientras hubiera guerra, estaría con ella, porque ´le había contraido un deber sagrado. Pero si le juró que haría todo lo posible por volver a ella, para que los dos pudieran restañar las heridas del alma, las peores. Por último, ante el silencio de ella le espetó:
- Pero si no quieres, si no me correspondes, cruzaré esta pasarela y no volverás a verme más
- No. Eso No.-Musitó ella mientras las lágrimas bañaban su rostro-.
Entoces el la asió por la cintura y apoyó sus labios en los de ella, que se abrazó fuertemente a él como si luchara por su vida.
Todavía seguian abrazados cuando su navío enfiló la boca de la Ría. Era de noche cerrada y atrás quedaba la ciudad, enmarcada por algunos incendios. Podían ver cerca la Torre de Hércules, iluminada por la luna. Un extraño sonido, semejante a unos relinchos llegaban de una playa cercana.

El Belén, también llamado Nacimiento



Corrían los primeros setenta cuando empecé a participar en la tradición del Nacimiento, pués Belén solo era una amiga de mi hermana y un sitio donde había nacido Jesús, también conocido como"niñojesús".
 Todo comenzaba por la sugerencia, a primeros de diciembre, de mis padres. ¿Porqué no ponemos el nacimiento?, lo cual significaba "niños poned el nacimiento".
 Este dormía el resto del año en cajas de cartón, bastante cutres, que compartía, en un altillo, con las bolas de navidad y los adornos del árbol.
 El lugar donde instalábamos tal obra de arte era una estantería del mueble del salón, entre la tv y la máquina de coser de mi madre. Nuestro nacimiento se componía- como no- de portal de Belén (manera de denominar una cueva de madera(...) con su familia y el ganado tradicional de barro que cada año sufría algún percance fatal. También un angelito que había que clavar en la entrada de la cueva-Aquello me pareció siempre una forma inadecuada de tratar a un mensajero de Dios-.
Fuera del portal, a unos centímetros  estaba el castillo de Herodes. Detengámonos un momento en esta fortaleza. Se trataba de un palacio inverosímil de plástico y de un tamaño un poco menor del portal (?). Por si fuera poco lo situábamos en una colina hecha con un cuenco- Uy perdón,quería decir un bol- de duralex que, como su propio nombre indicaba era irrompible.
 El asunto se complicaba cuando había que extender musgo por el suelo. Este se resistía a adherirse al cuenco que emergía, victorioso, dando a la escena una pinta tipo "Expediente X" con el palacio de Herodes encima de una nave especial que emergía de la tierra que parecía sacada de "El Caballo de Troya" de J.J. Benítez.
 No podía faltar el inevitable río- todo el mundo sabe la cantidad de ríos que hay en Tierra Santa-, de papel de plata, sacado de una tableta de chocolate de nuestras gloriosas meriendas. Capítulo aparte habría que dedicar a los Reyes Magos que debían recorrer el espacio de 50 ctms en un mes. Nuestros Reyes eran, comprados posteriormente al portal, gigantes. Un camello podía saltar el portal sin esforzarse demasiado. Además recuerdo que los Reyes Magos eran extrañamente bajitos y cabezones. Yo creo que, en realidad, eran la tripulación de la nave.
 Pero aquí viene lo mas genial. Ya fuera porque no había presupuesto, o por que a mis padres no les dió la gana- hipótesis mas probable- a los reyes no les compraron pajes pajes. Pero como eran muy tradicionales decidieron tenerlos y secuestraron unos aguerridos legionarios romanos de mi propiedad para tal función.¡Si César levantara la cabeza!. De todas formas debo decir en su descargo que los legionarios se resistieron. Así lo prueba el hecho de que algunos sufrieran graves mutilaciones. El infundio que se extendía por mi casa sobre que eso se debía a que yo era muy bruto jugando no tiene base.
 Las visitas, siempre prudentes, alababan esta escena dantesca con un cinismo muy navideño. Sobre todo la pequeña figurita del "niñojesús" que decían que sonreía. A mi la expresión me parecía de pánico.
  Aunque hay que decir que nunca llegamos al extremo de un amigo mío que, años mas tarde se convirtió en un consumado maquetista e hizo su propio Nacimiento. En este, y ante un letrero que ponía "A Belén", varios soldados de élite israelies repelían un ataque de la OLP.
 Si se portan bién otro día les cuento lo del árbol de navidad, que también tiene lo suyo.

Un Clavel

En la fría noche porteña, en el corazón de San Telmo, un conventillo- templo del Tango-estaba lleno. Aquella noche Stella Robles cerraba su ciclo en el local. Rodeada de admiradores se deslizaba por el escenario en los brazos de su compañero. El bandoneón acariciaba sus notas melancólicas por los tablones del escenario mientras el único foco del local besaba su piel nívea.
 Desde la última fila de mesas un hombre, solo, no podía quitarle los ojos de encima. Cuando la bailarina terminó el local se vino abajo en aplausos y piropos para la "Diosa de marfil", como la había bautizado la prensa. Su compañeró, discretamente, se retiró para dejar que Stella disfrutara de su merecido homenaje. El sudor regalaba brillo a la piel de la artista y su media melena se movía sensual con los gestos de agradecimiento de la joven diva.
 Esta no pudo ver que, en la penumbra, el caballero solitario se levantó y se escurrió por un lateral del local. El inspector Torres, de la Policia Federal, estaba impaciente. Cuando Stella llegó a su camerino el ya estaba allí. Ella fingió sorpresa pero lanzó una risita lasciva cuando él la rodeó con sus brazos y la atrajó hacia sí. Con un solo movimiento la despojó de su vestido de noche, negro y de lentejuelas, sabiendo que no llevaba nada debajo- la leyenda era cierta-. La atrajo hacia una silla donde ella, tomando la iniciativa, lo empujó y, sentándose encima, extrajo su miembro y ella misma se lo introdujo. Iniciaron los dos un baile frenético sobre la silla que terminó con un orgamo simultáneo.
 Después de recuperar el aliento, Torres se recompuso la ropa y sacándo la petaca dejó que el ardiente licor rascara su garganta.
- Bebes demasiado, querido
-¿Tu crees?. Lo necesito. Es un buen compañero.
- Algún día te matará
- Y que... O lo harás tú. Ven conmigo
- Pero mi amor- susurro ella como una gatita condescendiente- sabes que no puedo. Mi carrera...Tu mujer...
-Yo estoy dispuesto a dejarlas a las dos si tu me lo pides
-Ahora mo puedo, Max. Sabes que la semana que viene me voy para mi gira europea
- Entonces ¿cuando?
- A mi vuelta hablaremos
Máximo Torres, una leyenda entre los bajos fondos de Buenos Aires y en el Cuerpo bajó la cabeza.
Estuvo a punto de decirle el motivo por el que bebía, pero no podía hacerlo. Se puso la chaqueta y la gabardina de cuyo bolsillo cayó el diario de la tarde: "La Policia busca al asesino del clavel, que ayer mató a su quinta prostituta en la zona portuaria".
 Stella también lo vió y preguntó:
-¿Sabeis ya algo?, ¿Alguna pista?
- Nada, pero no puedo hablar de eso.
Stella estaba vestida ya y se arrebujó en su abrigo de zorro, regalo de Max.
- ¿Tomamos algo?, dijo Max
- No mi rey, tengo que estar descansada. Parto mañana. ¿Vendrás a despedirme al puerto?
- Si claro...
Max la besó con un beso húmedo, cálido, eterno...
- Adios Stella.
Stella salió después de él. Se aseguró de que no la seguian y tomó la dirección del puerto. En el camino se paró en un solitario puesto de flores, a punto se retirarse, y compró el clavel rojo mas bonito que había.Su rostro mostraba ahora una palidez siniestra y un gesto cruel.
 No pudo ver, al otro lado de la calle, una figura que, en la oscuridad la observaba mientras apuraba su petaca y que no podía evitar que a sus fatigados ojos asomaran unas lágrimas desesperadas.

Prisionero en Tierra

Su vista se abrió paso entre la bruma resacosa, para fijarse en aquel dosel que pretendía ser elegante. Su conciencia iba despertando según le permitía la borrachera, ahora  resaca. Sintió un frio cruel y miró a su lado. La chica que había "dormido" con él ya no estaba. Un despertar dulce y romántico no entraba en el precio convenido
 No sin esfuerzo, el Capitán de Fragata D. Juan Ramón de Ulloa y Fitzpatrick, se levantó. Sumergió la cabeza en el agua helada de la palangana y la secó agitándola como un perro. Luego se lavó secándose toscamente. Las costumbres de alta mar estaban pudiendo con la refinada educación del Conde de Liáns.
 Llamaron a la puerta y entró Gabriel, su criado.
-Señor, el maestro de esgrima os espera para vuestra lección diaria.
Juan Ramón bajó despues de vestirse con un pantalón de cuero y una camisa de seda. Lo hizo una vez se había ido el criado. El capitán no soportaba que alguien le viera vestirse y pudiera contemplar sus cicatrices.
 El maestro le esperaba en la sala de armas, el lugar mas solitario de la casa. Ahora unicamente era empleado por él. Los jubilosos dias en que su padre retaba, como juego, a otros caballeros de la comarca, estaban lejos.El maestro era un caballero talludo que había conocido tiempos mejores  y que ahora languidecía como su arte. Por eso, aún sintiendo la amputación de su discípulo, vió una oportunidad de sobrevivir un tiempo.
- Solo os pongo una condición, antes de que llegue el verano deberé luchar con la izquierda igual que antes con la derecha.
Pero Juan Ramón era impaciente y reaccionaba ante sus propios fallos con furia.Sobre todo si los cometía en compañía Salíó renqueando y subió las escaleras vociferando:
-¡Gabriel¡¡Maldita sea!¿Donde te metes?. ¡Mi caballo, prepara mi caballo!
Antes de que terminara, como siempre, apareció Gabriel con las botas de montar y el gabán de lana
- Señor, "Tempestad" ya está preparado en la puerta. Pero...
Antes de que terminara el capitán ya estaba encima del caballo, enfilando la entrada del Pazo. Como ánima que huye del diablo el hermoso animal de capa torda se perdía por el camino.
 A Juan Ramón le gustaba cabalgar solo. Entonces podía liberar su mente y de los perros negros del pasado, sin que se sintiera ahogado.
 Podía regresar a su infancia, tan feliz, su formación naval, siguiendo la tradición de los Ulloa. Podía volver a su mejor momento, como integrante de la expedición Malaspina, a las ordenes de aquel gran hombre, hoy exiliado, fuera de esta España extraña y desagradecida, ocupada por un extranjero por culpa de un rey cobarde y estúpido y un principe estúpido y cobarde.
 Ellos y sus alianzas erráticas llevaron a Juan Ramón y a sus compañeros a  aquel maldito cabo gaditano, con una flota improvisada, a las ordenes de un incompetente francés. Aquella jornada nunca se le olvidaria. Sobre todo la masacre. Masacre que él, ingenuamente intentó detener, al golpear a su capitán, un francés inutil y borracho que con sus órdenes llevaba a su barco al desastre.
 Pero todo fué inutil. Cuando terminó la jornada, estaba en la enfermería del buque, sin la mano derecha, el ojo izquierdo, y con un boquete considerable en el pecho. Atendido por un médico inglés, mas nervioso que él, y rumbo a Gibraltar como prisionero de guerra. Cuando volvió a España le esperaba un consejo de guerra que, por influencia paterna, terminó sin expulsión pero dado de baja por causas de salud.
 Mas de un año después su padre había muerto de vergüenza y su madre le esperaba en Escocia, a donde se resistía a ir.
 En estos pensamientos estaba cuando "Tempestad" llegó a la ermita. Increiblemente hermosa, rodeada por un frondoso bosque, parecía surgida de un relato artúrico. El Conde bajó de la fatigada montura y se sentó en una roca que dominaba el panorama. Sacó una bota de vino, queso, pan y chorizo de las alforjas.  Todavía disfrutaba de aquella comida, que en el mar era un lujo, y le gustaba comerla solo, sin ceremonia. La puerta de la ermita se abrió y algunas personas salieron, casi todas mujeres y de cierta edad. Le llamó la atención una chica de hermoso talle, ropas lujosas y unas manos increiblemente bellas y delgadas, que se subió a un carruaje y desapareció en la dirección del sol.
 Después de comer y de dar cuenta de la bota, se envolvió en su capote naval y se quedó dormido. Le gustaba mucho dormir bajo el sol del atardecer, solo, con los seres del bosque que le había presentado su abuelo escocés hacía muchos años.
 Cuando se despertó, la noche empezaba a caer . Entonces se puso en marcha, esta vez a pié, con su leal caballo acompañandole de las riedas. Comenzó a hablar, como hacía tantas veces, no sin antes asegurarse de que no era visto por alguien
 Frisaban las ocho de la tarde cuando llegó, agotado, al pazo. En cuanto Gabriel lo vió corrió hacia él, marcando su rapida cadencia en el camino de grava.
-¡Señor, Señor!, ¡Rápido!.
- Pero hombre...¿Que te pasa? ¿Es que has visto el fantasma de Nelson?
- Señor,...- el criado pugnaba por recobrar el aliento-, un correo de Capitanía General os espera desde hace horas. Mirad que os tengo dicho que me digais a donde vais- reprochó al borde de la insolencia-
- Cálmate chico, que te va a dar algo- El capitán estaba relajado y de buen humor .
Entraron juntos en la casa. Un chico, con un uniforme mas viejo que él se cuadró y preguntó
-¿El Capitán de Fragata de Ulloa y Fitzpatrck?
- Yo soy
Y con una  enérgica inclinación de cabeza le extendió un sobre lacrado. Juan Ramón lo abrió:
"El Capitán General del Reino de Galicia, ordena al Capitán de Fragata D. Juan Ramón de Ulloa y Fitzpatrick que se presente, a la mayor brevedad, ante mi persona, para ser reintegrado al servicio en el mar"
La cara del Conde se tornó cerúlea y su gesto se volvió pétreo. Cuando levantó la vista del despacho era otro.
-Bien. Ahora es demasiado tarde para partir. Tu te quedas a dormir. ¿Has comido algo?, le dijo al mensajero
Este negó con la cabeza
-Está bien.Gabriel encárgate de su alojamiento y luego llévalo a la cocina. Quiero café para mí, mucho café. Tu preparate para marchar mañana con el alba
- Señor,¿ puedo saber de que se trata?
- Saca mi uniforme y límpialo. Tráeme mis cartas naúticas Ah, si claro, viejo amigo. Volvemos al mar.
 Cuando se dirigía a la biblioteca pudo dejar que sus manos temblaran.

Redención

"Desperté como  otras veces: Con el cerebro embotado, la boca de goma, los brazos de trapo y un dolor de cabeza infinito. Pero lo que me rodeaba era distinto. Una habitación limpia y luminosa, con las paredes pintadas de blanco, sin rastro de humedad. Un olor sedante a química me llegaba suavemente. y la penumbra me acariciaba los ojos. Un tipo dormía en la cama de al lado ¡Una habitación de hospital!. Pero... ¿como había llegado allí?.
 Recordaba caminar torpemente por la calle, con mi cartón de vino de marca blanca. Todo se nubló y...
 La puerta de la habitación se abrió, cerrando mis etílicos recuerdos. Una manada de batas blancas, encabezadas por su macho alfa, entró en la habitación. Este parecía solemne y acompañado por la que, sin duda, era su enfermera que precedía a un grupo de críos que lo miraban embobados. Sus estudiantes.
 Me miró con profesionalidad y me dijo: Amigo, esta vez casi lo perdemos. No le voy a dar la charla, como veo en su historial que han hecho en otras ocasiones mis colegas. Solo le diré que le he extirpado un tercio de su hígado. Si quiere suicidarse va por buen camino, aunque hay medios mas rápidos.
 No cabe duda, pensé. Lo que ocurre es que cuando uno quiere autodestruirse inconscientemente no traza un plan. Improvisa. Primero fué el alcohol de marca, mientras pude permitirmelo, después lo acompañe de varias drogas. Cuando perdí el trabajo conseguí desengancharme de estas, pero no del alcohol. Todo eran ventajas. Era uno de los pocos paraisos artificiales socialmente aceptado. Entonces la caida se aceleró. Lo perdí todo. Hasta el dia de sellar la cartilla del paro no fuí porque estaba borracho. Perdí la prestación. Mis amigos fueron dejando de llamar o lo hacían para darme consejos o hacerme reproches inútiles de libro de autoayuda. Incluso conocí a una chica con la que salí un tiempo. Me enamoré y ella intentó ayudarme, pero no supo como. También se cansó. Los que nunca se iban eran esos paraísos artificiales que envolvían el infierno. Todo me daba igual. Dejé de leer y vendí mi bien mas preciado, mis libros, para seguir bebiendo.
 Y aquí estoy, aguantando a este gilipollas de bata blanca que me dice la verdad. En fin, menos mal que la anestesia me está volviendo a dormir..."
 Cuando se despertó, el vecino de habitación ya no estaba. Este había dejado una libreta y un bolígrafo encima de la mesita. Entonces, ya mas despierto, estiró el brazo y los cogió. Empezó a escribir compulsivamente. Entre sudores y un temblor creciente fué escribiendo, escribiendo...escribiendo.
 Sin darse cuenta llegó la noche. Cuando le trajeron la medicación  la enfermera, una chica muy guapa le preguntó.
- Anda, ¿Que escribe?, tiene que ser algo especial pues es la primera vez que le veo sonreir.
El se miró al espejo del armario y, efectivamente, vio en su cara una leve sonrisa. Entonces sintió algo muy dentro, como cuando hacia años iba a la playa a primera hora y dejaba que el sol suave le acariciaba. Era la sensación de estar en paz.

Hotel "La Mamounia"



En Marrakech, a 10 de Enero de 1948

Querido Jack:
                      Como ves te he hecho caso y, huyendo del bullicio alcohólico de Broadway he cruzado el charco. Estoy decidido a terminar mi novela y no hay mejor sitio que el norte de Africa, donde se desarrolla.
 Por supuesto no estoy dispuesto a vivir en las condiciones que nos acompañaron durante la guerra y, como he recibido la herencia que empezamos a bebernos tu y yo en la calle 52, me he venido hasta "El lugar mas encantador del mundo", como lo definió Churchill, que, además de un gran comandante en jefe, era un sibarita.
 Total que aquí estoy, en "La Mamounia" de Marrakech. Este hotel tiene algo. No es solo su lujo, en la atmósfera flotan las visitas de Delacroix, Matisse o Cole Porter, cuya música llena el espacio continuamente desde el piano-bar. Lo cierto es que todo es evocador, aún para rememorar la tragedia a la que sobrevivimos tu y yo hace no muchos años.
  Me levanto por la tarde, a la hora de mas calor. Repaso mis notas y me lanzo a la calle equipado con mis pantalones chinos, mi vieja camisa del ejército, mis botas de desierto y el sombrero panamá. Procuro protegerme del sol en las callejuelas de la Medina y acabo en uno de los cafés en que pocos turistas se aventuran. Mi favorito es el que llaman "El Nido". He tomado mas notas allí que en toda mi vida. Al atardecer tomo algo de la cocina local- mi estómago está inmunizado gracias a la carne enlatada y las judias de bote de la guerra-. Después me dirijo a la plaza Jamaa el Fna, al anochecer, para disfrutar de los espectáculos que tanto nos divertían.
 Por la noche vuelvo al hotel donde la cocina está siempre abierta y pido un sandwich antes de ponerme a escribir hasta el amanecer. Cuanto termino me ducho y pongo "Night and Day, mientras me seco en la ventana y contemplo como los primeros rayos del sol se reflejan en la mezquita Koutoubia. En tonces bajo a desayunar, antes de acostarme.
 Pero todo esto cambió el otro día. Yo estaba solo, pues era el primero, entonces entró una dama. Era una mujer morena, con ojos tristes, y muy bellos, elegante figura enfundada en un vaporoso vestido azul con flores blancas y tocada con una elegante y sencilla pamela. Sus manos eran finas y acompañaban al movimiento armonioso de todo su cuerpo. Enseguida me atrapó. Incluso cuando me cazó mirándola fijamente me sonrió. Pero era una sonrisa con cicatrices. Por eso me llegó mas adentro.
 Por ello decidi acudir, como se hace en estos casos, al recepcionista. Con unos dólares por medio me contó que era Lady Goldsmith-Shallow cuyo marido había caído en  esta zona durante la guerra. Ella  estaba buscando su tumba. Siempre estaba sola y parecía arrastrar una pena y una culpa infinitas.
 Ello sucedió ayer, querido amigo, y mañana estoy decidido a presentarme a esta dama. Algo me dice que es muy especial
                                                 Un abrazo de tu viejo camarada

                                                                         Conrad

La jornada de Lola

Ya es de noche en la Residencia de Ancianos. Los pasillos están desiertos, solo recorridos por el carro de los medicamentos. Algunas televisiones rompen el silencio desde las minúsculas habitaciones de los residentes, aunque el eco es lejano.
 El conserje del turno de noche enfila el jardín, pobremente iluminado, para entrar en el edificio y hacer el relevo de su compañero, que espera ansioso. Antes de entrar una voz temblorosa, desde la penumbra, le saluda. El conserje sonríe y saluda a una brasa en la oscuridad. Lola está fumando el último cigarrillo del día.
 Lola es una de las residentes mas antiguas. Conoce el edificio y a sus compañeros como nadie. De hecho, dado el caos organizativo del establecimiento, es Lola la encargada de introducir a los nuevos empleados en el día a día de la residencia.
 La jornada de Lola empieza pronto. Para asombro de su compañera de habitación, realiza sus ejercicios gimnásticos cuando sale el sol. Se ducha despacio y se viste con sus vaqueros de siempre, perfectamente planchados y su jersey impecable. Peina enseguida su media melena, que no siempre fué nívea, y se pinta los labios, en el único gesto de coquetería que se permite.
 Baja a la entrada para fumar su primer cigarrito y leer la prensa que acaban de traer a la recepción. En verano lo hace en un banco del jardín y en invierno en un sillón de la entrada. Según quien esté en la conserjería entabla conversación o no- a muchos de los conserjes les sorprende la agilidad mental de Lola, a otros les incomoda-. Luego sale a pasear, siempre con un libro, y se llega a su cafetería preferida. Se pasa la mañana leyendo, en francés, siempre en francés- recuerdo de sus dias de profesora de instituto-.
 Vuelve para comer, lo que la incomoda pues la comida es cada  vez peor, pues la crisis siempre la pagan los mismos. Y entonces protesta pues, a diferencia de sus compañeros Lola no pasa ni una injusticia. Después de comer se encierra en la biblioteca que, a diferencia de la cafetería de la residencia, siempre está vacía. Relee todos los periódicos hasta la cena y luego sale, con su MP3 para oir alguna de las tertulias o el último partido de su equipo, que solo la tiene a ella como seguidora y está harta de discutir en la sala de tv.
 Porque Lola es una mujer tranquila, que no está dispuesta a rendir su vida anrtes de tiempo.
 Profesora de francés en un instituto vivió la transición comprometida politicamente. En su primer destino ocurrieron dos cosas: Conoció a Miguel y se desencantó de la política cuando su partido llegó al poder. Se fué a vivir con Miguel y, aunque nunca se casaron, se quisieron mas que nadie. Ese amor le dió fuerzas cuando la mente de Miguel se fué apagando. No tuvieron hijos y, por lo tanto, no podían ayudarla. Puso a prueba su coraje cuando tuvo que hacer cosas por Miguel  que no hubiera hecho por nadie más.
 Poco después de morir él, Lola, ya jubilada, vendió su casa e ingresó, voluntariamente, en una residencia. No quería vivir de recuerdos y se alejó de todo. Se propuso vivir lo que pudiera fumando y con su copita de después de comer y cenar, a pesar de la persecución de la barbie médica de la residencia.
Y cuando llega la noche se sienta en la penumbra del jardín, enciende un cigarrillo y saluda al conserje del turno de noche, con la esperanza de tener una conversación con la que acabar bien otro día sin rendirse.

Malena

¿Por qué conducía yo, camino del aeropuerto, a horas tan tempranas, si no iba a coger ningún avión?. ¡Ah, ya me acuerdo!. Cuando un amigo, un afortunado amigo, te pide que lo lleves al aeropuerto para iniciar unas vacaciones en el Caribe, lo llevas. Y si es un amigo como este, de los de los tiempos difíciles, lo haces sin rechistar. Aunque sean las siete y media de la mañana de un sábado de verano y aunque te corroa la envidia.
 En fín, observé, desde la somnolienta cafetería, como la aeronave despegaba. ¿Ahora qué?. No iba a volver a la cama y no se me ocurría que podía hacer. Acabé por sentarme en una de las desiertas mesas y pedir un desayuno. Agarré en la barra una buena provisión de periódicos calentitos y me sumergí en ellos.
 Unos cuantas cifras del paro y conflictos internacionales después, a través del muro de papel una voz llamó mi atención.
- Perdona, la oficina de información- Inconfundible acento argentino, voz deliciosa-
Detrás de tí, dije sin apartar los ojos de la letra impresa, señalando la salida de la cafetería
- Vos sós de aquí
-¡Si!...pero...- Y entonces levanté la vista
 Era la criatura mas hermosa que había visto en mi vida. Alta, cuerpo juncal, piel morena y una cara de angel que me miraba con sonrisa finísima y ojos del color de la miel. Su cabello era muy fino y lacio, cortado como una de esas melenitas de las chicas de la belle epoque.
 Enseguida la sangre acudió a mis mejillas. Aquella visión era real y no el producto de un dibujante de comic erótico, aunque sus pechos, que desafiaban a la gravedad bajo una camiseta de tirantes, y su cintura señalaran lo contrario.
Se sonrió y, sin darme tiempo a salir de mi azoramiento  dió la vuelta y se dirigió al lugar que le había indicado. Intenté balbucear algo pero la visión de sus nalgas alejándose me hipnotizó
 Todavía estaba en trance cuando ella volvió, peleándose con un plano de la ciudad. Sin decir palabra se sentó en mi mesa.
-Me permitirás que te invite a desayunar, lindo- me dijo- aunque solo sea por la información
-Vale- "¡Vale!... ¡Vale!. Se sienta en tu mesa un pibón del quince y medio¿ y tu solo dices vale?. Un momento. Aquí falla algo. Te ha llamado lindo. Esto tiene que ser una broma. ¿No será una cámara oculta?"
- Me llamo Malena y soy de Buenos Aires. Vengo a ver tu ciudad
Se levantó y me dió dos besos
- Pues si quieres te llevo-"ya era hora de que dijeras algo coherente"
- Bien. No tengo equipaje. Solo esta mochila, este sombrero tejano y mi pashmina de la suerte.
Ya en el coche me propuso que le enseñara la ciudad. La llevé a los lugares mas turísticos y también a algunos que solo eran importantes para mí. Yo hablaba mucho y ella poco. Solo me miraba con aquellos ojos negros como la desesperanza y aquella sonrisa de fresa. Comimos, a petición suya, en una pizzeria y tras pasear por la zona antigua acabamos en mi club de Jazz favorito. A mis tópicos sobre Argentina respondía destruyéndolos. Gardel le parecía un llorón, Borges un "boludo" y no soportaba la carne a la parrilla.
 Cuando nos dimos cuenta ya era de madrugada y, ayudado por el alcohol le propuse que pasara la noche en mi casa.
-¡Ah, tienes mas de una cama! dijo ironica.
- Una cama y un sofá cama.
Se instaló en el sofá, aunque yo insistí en cederle la cama.
Me quedé dormido enseguida. No debía llevar mucho tiempo con Morfeo cuando sentí que se abría la puerta. A contraluz pude ver su silueta desnuda. Apoyada con una mano en la puerta me miraba, mientras la otra recorría sus pechos firmes y no muy grandes. Bajó su mano parándose en el ombligo, con el que jugueteó antes de acariciar su pubis, practicamente rasurado. Todavía no muy espabilado pregunté
-¿Que pasa?, ¿Que....?
¡Ay Pipo, estoy muy caliente...!. Es que el Jet Lag me hace sentir...- Su voz de niña hacia bullir aquellas, de por si, calientes palabras.
- Ayúdame, Pipo. Hazme un sitio- Su respiración se aceleraba
Aparté las sábanas como el rayo. La cogí de una de sus delgadas manos mientras yo me sentaba en la cama. La atraje hacia mí pasando mis labios por su ombligo, mientras, con la otra mano acariciaba sus nalgas. Noté en ellas unas cicatrices pero no reparé demasiado. Ella se limitaba a dirigir mis caricias cogiendome del pelo y gimiendo gatuna.  Me empujó para que cayera boca arriba, sobre la cama y deslizo su sexo hacia arriba, sobre mi pecho, colocándolo en mi boca.
 Es cierto que cada mujer tine su sabor, pero aquel era totalmente distinto a los que había probado. Era ambrosía. Deje de aferrarme a su trasero y estiré mis brazos para, con las yemas de los dedos, tocar sus pequeños y duros pezones. Ella, por su parte, se había inclinado, sin  apartar su sexo de mi boca, hacia atrás atrapando mi pene entre con su mano. Satisfecha con mi excitación me miró y sonrió. De un salto se ensartó en él comenzanndo una cabalgada furiosa que termino con un grito que tuvo que despertar a todo el vecindario. A continuación yo la seguí hasta en exquisito final.
 ¿Final?. Eso me creía yo. Con un movimiento felino se colocó a cuatro patas mientras con un explícito ¡Vamos! me invitaba penetrarla. ¡Y yo ya estaba recuperado!. Me aferré a sus caderas como si me fuera la vida en ello y bombeé hasta el fin de los dias, es decir, hasta el orgasmo.
 La noche siguió con una sucesión de posturas y caricias, lametones, mordiscos, que nos dejaron agotados y en el suelo.
 A la mañana siguiente, habiendo resucitado y despertando en el paraiso del sexo me la encontré, a mi lado, vistiendo una de mis camisas abiertas, por único atuendo, y tomando lentamente su mate en su matera repujada.
 No salimos de casa en toda una semana. Varias veces entendí aquello de la "petite morte". Las pocas veces que descansábamos ella exploraba mi casa fisgando en mis libros, mis discos y mis películas clásicas. Eres un poco aburrido en tus gustos, me espetó.
 Pasaron los dias y una tarde de  manto ceniciento me dijó.
-Corazón, mañana me voy. Puedes llevarme al aeropuerto.
- Si pero....
- No insistas, por favor. El billete era de ida y vuelta. y además tengo que irme
Insistí, pero al ver que no conseguía nada, me callé. Pero no podía demorar la pregunta
-¿Que son esas cicatrices...?
- ¡Nada, no son nada! ¿¡Me oyes, no son nada1?- Tenía los ojos llenos de lágrimas
No dije nada mas. El resto de la noche nos refugiamos en un placer que ahora sabía efímero
El despertador evitó que ella perdiera el avión. Aunque también estuvo a punto de perderlo pues, durante el trayecto, lo hicimos en un  area de descanso, por última vez. No hablamos el resto del viaje.
La ví, por última vez, cuando se dirigía a la escalerilla dxel avión. Se giró y alzando su sombrero vaquero por encima de su cabeza, me mandó un  beso.
 De vuelta a casa intenté convencerme de que aquello debía de ser solo una aventura. Que ella sería un bello recuerdo. No sabía hasta que punto Malena corría ya por mis venas.
 Llegue a casa y me deje caer en la cama. Las sábanas olían a Malena. Y entonces lo ví
Encima de la mesilla había un ejemplar de "El Aleph" de Borges. Era una primera edición. Lo abrí, había algo escrito.
 "A Malena, discípula aventajada" J.L.Borges
También había un posit: "Me gusta Borges, Me encanta Gardel y, sobre todo, me vuelves loca tu. Por eso tengo que irme. Nunca te olvidaré"

El Puente

Lo había conseguido. ¡Volvía a casa!. Por fin mi trabajo de directivo en la multinacional me permitía tomarme unas vacaciones. Puse música de los setenta en mi flamante Porsche Cayenne y salí pronto. Por delante setecientos kilómetros rumbo al norte. Siempre al norte. A casa. Al mar, mi mar
 Devoré kilómetros sin pausa. Una fuerza, la nostalgia, me impulsaba.Ni respeté los límites de velocidad ni me multaron.
 En casa los saludos de rigor. Mis padres  me asaetearon a preguntas y reproches cariñosos. Que si no iba nada por allí, que si no escribía, que si no llamaba... Cené en casa, cebado por mi madre, mientras quedaba, por el móvil, con amigos antiguos. Dormí en la cama de mi adolescencia, que permanecía intacta, como mi cuarto. Me daba un poco de grima.
 Me levanté pronto. Tenía que hacer algo muy importante, y tenía que hacerlo solo. Se trataba de superar el último de mis miedos infantiles. Cuando era pequeño e íbamos toda la familia a la playa, pasábamos por un puente sobre la ría, a mitad de camino, en el que siempre mi padre alimentaba su ego masculino adelantando imprudentemente a otros coches. ¡Que mal lo pasaba yo!. Durante los adelantamientos fijaba la vista en el mar, seguro de que caeríamos.
 Cogí mi coche y tomé el camino de la playa, es decir, el del puente. A los veinte minutos lo ví. Era el mismo, encalado y viejo pero imponente. Bajé hacia la ría y lo enfilé. Ya estaba, ahora solo tenía que adelantar al coche que me perecedía. Diez años de conductor me avalaban. La maniobra fué perfecta y respiré aliviado.
 Pero cuando iba a salir del puente mis manos se agarrotaron sobre el volante y algo me obligó a pegar un volantazo.
 Sin poder evitarlo destrocé el quitamiedos y la barandilla de piedra y caí. Caí al vacio. El contacto con el agua fué brutal. Un muro de agua salada y fría se me vino encima y evitó que perdiera el conocimiento. Una angustia de muerte se apoderó de mí mientras me hundía con mi coche. No podía moverme, pero si sentir como me ahogaba. Entonces experimenté una extraña sensación de paz y ví unas formas blanquecinas y vaporosas girar en torno a mi vehículo. Cada vez se acercaban mas y...¡tenían cara!. ¡Eran calaveras!.Inmediatamente me sumí en un sueño frío, humedo, eterno...
 Desde entonces estoy aquí, vagando, convertido en forma blanquecina, vaporosa, con cara de calavera, esperando...¡Esperándote!

Jennifer López y Gina

 Frankie y Gina eran la envidia de cuantos los conocían. Aunque eran muy distintos, o quizás por eso, se enamoraron en cuanto se conocieron. Y se conocieron en la cafetería que hoy era suya. Antes Frankie pasaba por allí todas las mañanas, camino de los mas diversos trabajos que le permitian sobrevivir. Gina, entonces, era camarera. Frankie siempre se sentaba en la barra y pedía un café y una rosquilla para llevar, pués entraba muy pronto a trabajar y no tenía tiempo a pararse a desayunar. Entonces hablaba brevemente con Gina, mientras la veía prepararle el café.
 Poco a poco fueron tratando temas mas íntimos, en esos momentos que Gina, inconscientemente, se esforzaba por dilatar y que a Frankie le gustaban tanto. Luego vino la primera invitación a cenar. En un año estaban casados y en dos tuvieron a Ray,lo mejor que les había pasado.  Además, en aquellos dias el dueño del bar se retiró y se lo ofreció a Gina. Con mucho esfuerzo y los ahorros de los dos pusieron en marcha su propia cafetería. Era un refugio excelente para transeuntes de paso, para los vecinos del bario, para blogueros obsesivos- pues fueron los primeros en instalar Wifi- o para lectores románticos.
 Frankie le decía todos los dias que la quería, y a ella le gustaba. Unicamente una "nube" parecía amenazar su felicidad. Frankie declaraba su amor desesperado a Jennifer López cada vez que salía en un video o sonaba en la radio. Gina se reía, tomándolo a broma cuando el decía que si un dia JLo entraba por aquella puerta él lo dejaría todo para seguirla. Pero....¿Que posiblidades habia que JLo apareciera?.
 Pero como la viada, a veces, es tan perra, un buen dia de verano unos tipos de mas de dos metros, con audífonos, trajes negros y armas poco disimuladas en el cinturón irrumpieron el establecimiento. Todos se quedaron callados. Los tipos solo pidieron un café cubano para llevar.
 Al poco la puerta de la limusina aparcada fuera, se abrió lentamente. Y de ella, lentamente, con paso felino y enfundada en unas mallas negras bajó JLo. Frankie palideció.
-¿¡Donde demonios está mi café, inútiles!?
- Disculpe señora es que...-balbuceó uno de los gigantones.
- Ni disculpe ni nada. A ver tú, dame de una vez mi café- dijo dirigiendose a Gina
Esta, visiblemente nerviosa, manipulaba la máquina.
- A ver tú, tío,- espetó a Frankie-, ¿es que aquí no habeis recibido nunca a una estrella?
Entonces Frankie se fijó en ellas. Frente a frente, las dos, a ambos lados de la barra. Por un  lado la estrella de sus sueños, la latina de oro, el culo mas famoso del mundo, enfundado en licra. Espectacular. Por el otro Gina
  El admirador de JLo, entonces, se dirigió a su esposa y le susurró; deja, ya me ocupo yo. Y mirando a la cantante le dijo:
-Señora, aquí servimos a todo el mundo igual. Tendrá que esperar su turno. ¡Ah!, por cierto. Aquí no hay mas estrella que mi esposa, la mujer mas guapa del mundo.

Llovía

  El cielo era ceniciento.El calor asfixiante. Francisco cruzó el pueblo desierto, sin percartarse de ello. Su caballo iba lento, como si no quisiera llegar a l doloroso destino del jinete.
 Cogieron el camino de la ermita y enseguida llegaron. En vez de acercarse a donde estaban todos los carruajes y coches de caballos, Francisco ató a su caballo a uno de los últimos árboles del bosque. Entre avergonzado y nervioso se acercó, lo mas discretamente que pudo, a la puerta de la iglesia, iluminada por los rayos del mediodía. Le habían dicho que era a esa hora, pero aún albergaba una pequeña esperanza.
 Entonces la vió. Al fondo, frente al altar, como una virgen, envuelta en un blanco irreal, estaba ella. ¡Y a su lado él!. José. ¡Que nunca se la había merecido!
 Pero José era el hijo del cacique del pueblo y un gran partido. Y él solo era un pobre jornalero, que apenas podía sobrevivir.
 Francisco se acercó, poco  apoco, por el lateral de la ermita. Necesitaba hacer algo. Necesitaba ver los ojos de Margarita. De repente ella giró la cabeza, para habñlar con su madre y él los volvió a ver. Aquellos ojos verdes, como el mar en verano. Parecían felices Aquellos ojos que había visto, por primera vez, en la senda que cruzaba las tierras del cacique, que Francisco regaba con su sudor y que ella cruzaba para ver a su prometido.
 Nunca cruzaron palabra. Ella nunca lo miró. Pero… cada vez que la veía, todos los dias , a media mañana, su corazón brincaba y el sol dejaba de ser cruel.
 Poco a poco se fue enamorando de ella. En silencio, que es la peor manera de enamorarse. Sin esperanza.
 Nunca se atrevió a decirle nada. Un dia se enteró de la boda. Y allí estaba. ¡Era verdad!. Salió arrolladoramente de la capilla. ¡Ahora ya no era discreto!. Seguido por la mirada de los invitados cruzó  la puerta y se perdió en el bosque.
Nunca volvieron a verle. Unos dicen que se ahorcó, pero su cuerpo nunca fue encontrado. Otros aseguran que se fue a la capital, donde se perdió en los bajos fondos. Algunos juran que lo vieron embarcar para las Américas.
 En lo que todos coinciden es que en el mismo momento en que se perdía en el bosque, un rayó impactó en un árbol y comenzó a llover desesperadamente.                                                                                                                   

Los Domingos de D. Félix

Ahí está. Puntual como todos los domingos. Son las nueve de la mañana y ya está comprando los periódicos del domingo. Va impecable, con su pantalón perfectamente planchado, su camisa impoluta, remangada exactamente hasta el codo y su chaqueta de ante sobre los hombros.
 Y es que D. Félix jamás se ha puesto un chándal. Aunque se cuida y guarda la linea, jamás ha hecho ejercicio. ¡Y por supuesto nunca se ha dejado ver en público con semejante prenda!.
 Ahora enfila la calle hacia su cafetería preferida. Allí se tomará un desayuno completo a la vez que repasa la prensa y termina su libro semanal. La unica concesión que hace el caballero a la modernidad es su mp4, en el que lleva sus arias preferidas, que lo aislan de los demás.
 Y es que D. Félix no quiere aguantar a nadie. Pasada la cincuentena, D. Félix  es Jefe de Sección de la Diputación Provincial, con muchos trienios. Es un tipo serio, trabajador, discreto y aburrido. Los funcionarios jóvenes lo tratan con  respeto. Mas por miedo que por otra cosa. Y es que  D. Félix conoce todos los aspectos de su trabajo y puede salvar el trasero de cualquier novatillo.  No tiene muchos amigos. Quizás el único que se atreve a tomarse confianzas con él es Tomás, el chófer, que es de su edad y trienios.
 Con horario de ocho y media a tres, D. Félix dedica las tardes a llevar su casa, pues vive solo, a pasear, y a ver algún DVD  de cine clásico. Se acuests pronto oye alguna tertulia política o lee.
 Pero... nos estamos desviando del tema. Como decíamos hoy es domingo. Ya es cerca del mediodia y D. Félix, después del vermouth se pone en marcha.A esa hora la calle se vuelve un lugar inhóspito, llena de niños gritones y de perros con mala uva, especies ambas que él odia Se dirige a la floristería y, como siempre compra una rosa y velas perfumadas. Come ligero en otra de "sus" cafeterías y a las tres ya está en casa.
 Cambia la ropa de la cama, se vuelve a duchar, se afeita y se perfuma. Enciende la docena de velas, estrategicamente dispuestas, pone boleros de fondo, se sirve una copita de Oporto y espera...
 Ella nunca llega tarde. Es una misteriosa dama, algo mas joven que él, que posee un atractivo propio de la mujer de su edad, segura de sus armas. Tiene clase y se le nota. Procura no hablar demasiado con los vecinos en el ascensor, esquivando habilmente las preguntas de los mas maleducados. Llega al piso de D. Félix y solo tiene que llamar una vez. Los vecinos solo pueden atisbar una puerta que se abre y una penumbra con velas.
 Nadie sabe, a ciencia cierta, lo que pasa allí dentro. Pero durante cuatro o cinco horas el silencio tradicional del piso se convierte en risas casi infantiles, correteos, crujir de muebles, ruidos de somier y de cabecero golpeando la pared. Así hasta que, pasadas las horas, la misteriosa dama sale como ha llegado, quizás con un brillo distinto en su mirada, se monta en un taxi y desaparece.
  Unos piensasn que es una "profesional", pero otros, los mas experimentados, saben que no.Esa mujer lo visita por algo especial, afirman.
 Ajeno a estas tonterias D. Félix sale poco después de la dama. Lo sorprendente es que, entonces, saluda a los niños y juega con los perros. Y en su cara luce una sonrisa enorme.
 El lunes sale de casa a las siete, como siempre, con su gesto adusto, su ropa impecable y la esperanza de que el domingo llegue pronto

El reencuentro (II)


PULSA AQUI PARA LEER LA PRIMERA PARTE

Tucho se sobrepuso como pudo a la visión de Paco. Porque era Paco. Treinta años después mas viejo, pero era él. Aunque...¿Que hacia su amigo vestido de oficial francés?.
 Esa pregunta le martilleaba el cerebro, aunque la actividad del dia le mantuvo bastante ocupado. Pero no lo bastante  para no notar la mirada penetrante de su amigo "francés" clavada en él todo el dia,
 Al terminar la reunión con los oficiales franceses, sus homólogos españoles les invitaron al inevitable "vino español" en la Residencia . Hasta entonces Tucho había conseguido mantener las distancias con su amigo, pero en ese momento Paco se le acercó:
- Hola Tucho. Cuanto tiempo
- Paco...¡Que sorpresa!- fingió- ¿De verdad eres tu?
 Entonces el general francés, del que Paco era intérprete, se acercó
- Así que se conocen...
- Oui, mon General. Cela fait beaucoup de temps
Paco le explicó que se habían conocido en la mili, en 1936, y que era ordenanzas del entonces coronel. Que se habían hecho muy buenos amigos . Que en el verano de aquel año Paco se había trasladado al Regimiento de Costa nº 4 de Mahón con los planos de los nuevos cañones de costa que se iban a instalar en Menorca, iguales a los de Ferrol. Que recién llegado a Mahón estalló la guerra civil y, como la isla había caido del lado republicano el combatió en el mismo, a diferencia de Tucho que se habia quedado en zona nacional. También le contó, al francés, que cuando la isla calló en manos franquistas él consiguió escapar en el último barco. Que desembarcó en Marsella, por la que estuvo deambulando hasta que, en Junio de 1940 se había alistado en el ejército francés. Que al ser derrotados por los alemanes se pasó al maquis, controlado, en buena parte, por republicanos españoles. Que recibió instrucción en Inglaterra y fué lanzado en paracaidas sobre la Francia ocupada, donde combatió durante 3 años y, en Junio de 1944 se unió al desembarco de Normandia como oficial de las fuerzas de De Gaulle, con las que penetró en Alemania participando en la toma de la guarida de Hitler, en Los Alpes.
 A estas alturas Tucho no daba crédito a lo que oía. Paco prosiguió.
Después de la guerra, como era capitán, decidió quedarse en las fuerzas galas.Pero De Gaulle no se fiaba de los republicanos españoles y dió la orden de que se les destinara a puestos burocráticos. A Paco le dieron un despacho cutre en el ministerio, como intérprete de español.
 El general francés movió el bigotillo nervioso y dándose media vuelta dejó que los amigos hablaran. Rioja va, Rioja viene, les dieron las tantas. Los demás ya se habían ido. Solo quedaba el aburrido soldado camarero que no se atrevió a protestar.
 Estuvieron recordando hasta el amanecer. Se despidieron pues Paco tenía que irse a media mañana, con sus compañeros franceses, y Tucho tenía que irse "a dormirla" pues ya no era el joven oficial capaz de irse a trabajar sin dormir. Pero no pudo hacerlo. La conciencia no le dejó. Recordaba, una y otra vez lo que sucediera treinta años atrás.
 Lo que había sucedido es que él había sido el elegido para llevar los documentos a Mahón y que ideó un plán para hacer lo que mas quería, robarle la novia a su amigo. Si conseguía que este fuera a Menorca tendría unas semanas para intentarlo. Luego todo se torció. Al volver de la guerra descubrió que Angelita, que era de la CNT, había muerto de tuberculosis, en la cárcel
 Cuando se reencontró con su amigo fué incapaz de confesárselo. Lo que no podía suponer es que Paco ya lo sabía, pues era un agente de la inteligencia militar gala que había pedido aquella misión, con la idea de matarlo. Y aquello noche de alcohol tuvo ocasión de hacerlo varias veces pero no pudo. Los recuerdos y la mirada de su amigo, la misma de hacia treinta años, se lo habían impedido. Porque no se puede odiar para siempre.

El reencuentro(I)

Tucho se levantó anticipándose al despertador, como hacía siempre. Treinta años de servicio en el ejército lo habían acostumbrado a ello. Porque Tucho era militar. En realidad solo era Tucho para su sufrida mujer. Nadie en el cuartel se habría atrevido a llamarle Tucho. Alli era el Ilustrísimo Sr Coronel D. Alberto Iglesias Lois.
 Después de asearse, ponerse el uniforme y las botas, se ajustó el cinturón que cada año era mas estrecho. Cuando entró en la cocina su mujer ya tenía el café recién hecho que él tomó de pié, como solía. Salió de casa para abordar el vehículo oficial que le esperaba. El conductor le abrió la puerta a la vez que se cuadraba. Aunque Tucho vivia a doscientos metros del cuartel le gustaban estos privilegios del mando. No en vano eran un premio a treinta años de servicio.
 Treinta años atrás el coronel Iglesias era simplemente Tucho, soldado que hacia la mili en el Regimiento de Artillería de Costa nº2, el que ahora mandaba. Gracias a un enchufe era el ordenanza del entonces jefe de la unidad, un puesto cómodo. Pero todo cambió el verano de 1936. Tucho era cabo y le faltaban seis meses de mili. Aquel verano, sangriento y terrible, lo atrapó como a todos. Apolítico de vocación se vió, de repente, pegándo tiros en Asturias, donde fué herido. Condecorado por casualidad se le ofreció la posibilidad de ser oficial y se hizo alférez provisional. Vió cosas de las que nunca habló con nadie y acabó la guerra vivo e ileso. Era un oficial en la España de Franco y decidió quedarse en aquella institución que le daba seguridad. Se casó, tuvo hijos y con el tiempo volvió a aquella ciudad costera a mandar a aquel regimiento en el que empezó.
 Todos estos recuerdos, sin saber porqué, le asaltaron hasta llegar a su despacho. Allí le esperaba su ayudante, un joven teniente recién salido de la academia, todo entusiasmo, que parecía un soldado de plomo.
- Ya se encargará el tiempo de gastar tus estrellas- pensó Tucho
El entusiasta teniente le alargó un dossier y le dijo:
- Viene del Ministerio, mi coronel, es urgente.
Tucho suspiró, y mientras se aflojaba el cinturón abrió el sobre manila. ¡Vaya hombre! mañana visitaría el regimiento una comisión francesa de gira en la Región Militar. Encabezada por un general "escoltado" por varios oficiales. Le llamó la atención el nombre de su ayudante "Lieutenant-colonel Nelle". ¡No podía ser!. Sería una coincidencia. Tucho pasó el muerto a su segundo en el mando y siguió con sus tareas aburridas y poco pesadas.
 A la mañana siguiente su unidad, El Regimiento de Costa nº2, estaba formada en el Patio de Armas con él al frente, cuando llegaron los "franchutes". El general gabacho parecía el primo de De Gaulle. Alto, desgarbado y de edad avanzada. Era seguido por un grupo de oficiales franceses.
 Después de la revista protocolaria cada uno de los jefes presentó a sus oficiales. Al llegar a la altura de su ayudante, el francés dijo: "Le lieutenant-colonel Nelle, mon adjudant"
 Entonces a Tucho le dió un vuelco el corazón. No podía ser. Paco. Paco llevaba treinta años muerto.
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Paco

Sucedió hace un par de semanas. No llevaba mucho despierto cuando el teléfono sonó. Una voz me soltó la bomba: Paco ha muerto- me dijo, sin más-. Pero... ¿como? -acerté a decir, perplejo-, si hablé con  hace una semana.-Como si los dos hechos fueran icompatibles-.
 Conocí a Paco a principios del curso 2007. Me habían llamado, con urgencia, para cubrir la baja de una compañera en un instituto. Como bedel interino era el último mono en la cadena alimenticia en cuya cúspide se encontraba el profesorado.
 Después de presentarme al director me encontré a Paco en un pasillo. Tenía veinte años mas que yo, y llevaba muchisimo tiempo en aquel destino. Por eso, aunque  bedel, era lo que los jóvenes llaman ahora, "el puto amo". Lo primero que me dijo fué: "Tranquilo rapaz, vamos a llevarnos bien, ya verás. Cualquier cosa que necesites ya sabes".
 Cuando vives de hacer sustituciones y tus destinos han pasado la docena,te das cuenta de que los arquetipos se repiten. Está el agobiado, el vago, descarado, el conspirador, el quejica y está "el puto amo". Ese era Paco.   
Todos le tenían un gran respeto; nadie, ni el director, se atrevían a contradecirle. Lo sabía todo de todos. conocía a los ochocientos chavales por sus nombres y bastaba su presencia para zanjar cualquier disputa, por muy violenta que fuera. Porque no solo habían pasado por sus manos esos chavales, sino sus hermanos mayores y aún sus padres. Era capaz de identificar a cualquiera, genealogía incluida.
 Disfrutaba de su trabajo, del dominio sobre el mismo y del respeto  que despertaba. Enseguida le caí bien. Supongo que mi característico despiste le hizo gracia. Aprendí mucho en los seis meses que estuve con él. Pero las lecciones que mas me aprovecharon no tenían nada que ver con el trabajo
 Paco era un tipo hecho a si mismo. Antes de entrar en la administración había tenido trabajos diversos, incluso en la construcción. Era un tio muy vivido, amante de la juerga y de las mujeres, aunque era la seriedad personificada en el trabajo. No era un pelota ni un empalagoso. Decía que las demostraciones de afecto había que dejarlas para "las hembras". Y sin embargo destilaba una ternura masculina digna de un personaje de John Ford. Cuando quería a alguien no se lo decía, simplemente lo demostraba. Era leal como un personaje de Hawks y su sentido del humor era legendario, con una ironía digna de Wilder.
 Nunca podré olvidar aquellas charlas en conserjería, cuando los chicos estaban en clase, que el llamaba "sus cuentos". Si bien es cierto que exageraba notablemente, aquellas perlas de sabiduría eran una delicia envuelta en el mejor sentido del humor que he conocido. Socarrón, satírico... era inigualable.
 Porque Paco, además de "sus hembras", que, por cierto, "desaparecían" de la conversación cuando su mujer hacia acto de presencia y los demás nos dábamos cuenta de lo enamorado que estaba; sus otras pasiones, digo, eran la caza y la juerga.
 Cazador viejo, era capaz de levantarse antes que el sol los fines de semana, para recorrer cientos de kilómetros y cazar, que para él era vivir. Como también lo era contarlo el lunes, con todo detalle, para revivirlo. Y era esa pasión la única que podía ponerle nervioso. Recuerdo que la única vez que lo vi preocupado fué cuando me pidió que le cambiara una guardia porque se le terminaba el plazo para renovar la licencia de armas. Nunca olvidó aquel pequeño favor.
 Su otra gran pasión eran las cenas, "ir a las bodegas", que preparaba con todo detalle durante la semana, con su libretita donde apuntaba los comensales, y él se encargaba de todo. Disfrutaba más de la organización que de la propia cena. A mi enseguida me incluyó en su grupo. Comíamos, bebíamos y cantábamos, siempre dirigidos por Paco, tan popular en las bodegas como en el Instituto. Y es que, por aquellas latitudes, ser amigo de Paco, era la llave que abría todas las puertas.
 Así era él. Cuando la persona a la que yo sustitia cogió el alta yo cesé. Sin embargo Paco me siguió llamando para ir a las bodegas. Durante una temporada fuí, pero al quedarme sin trabajo dejé de hacerlo y la cosa se fué enfriando. Un dia, hablando con otro compañero de entonces me dijo: "Paco te echa mucho de menos". Pero como no me iba bien, un estúpido pudor me impidió llamarlo
 Me consta que, ultimamente, preparaba su jubilación con ilusión. Había reformado la casa familiar y en poco mas de un año se retiraría. Y el otro dia me llamó. Me encantó, incluso me emocionó. Me llamaba, como no, para invitarme a una cena que le hacían a una compañera que se jubilaba. Y lo peor es que no pude ir. Me fué imposible. No podía sospechar que habría sido nuestra despedida. Porque a los pocos dias su corazón, maltrecho en los últimos años y tan grande como falto de cuidados, se le paró para siempre. Y así nos dejó, con un agujero en el alma. Yo me lo imagino, en el cielo, si es que este existe, invitando a San Pedro a la gran bodega, mas allá de las nubes.
 No he podido ir a su entierro ni a su funeral. Mejor dicho, no he querido. Hay algo en esos ritos que me parece un pastiche, un acto de cartón piedra. Cuando pase un tiempo iré a su pueblo, localizaré su tumba, cerca del mar y , como hacian los griegos, vaciaré en la tierra una botella del vino que le gustaba, guardando un poco para mi y brindaré por la vida, es decir, por Paco.

Maggie May

 Lo primero que hacía mi padre, al despertarse, era asomarse a la ventana y tomar una decisión.Si el tiempo era bueno, o por lo menos dudoso- parece que va a abrir, sentenciaba- pronunciaba la frase mágica: ¡Vamos a la playa!. Y es que en estas tierras de Breogán, aún en Agosto hay que ser precavido.
 La frase de mi padre, mas bien la orden, ponía en marcha toda la operación: Hacer pronto las camas, poner en funcionamiento la cocina, etc. Pronto la cocina olía a tortilla de patatas y a filetes "panaos". Yo estaba atareado buscando las aletas y las gafas de bucear que nunca aparecían hasta el último minuto.
¡Todos al coche!. Entonces entrábamos en aquel maravilloso 1430 amarillo cuya tapicería plástica no estaba hecha para el verano. ¡Y siempre la caravana!. No sé como se las arreglaba mi progenitor para, por muy temprano que saliéramos, encontrarse a miles de conductores con su misma idea y con un mismo rumbo.
 Luego venía una hora de carretera "amenizada" por los éxitos del verano, que vendían en aquellos "cartuchos" mas grandes qe un DVD actual: Formula V, Los Diablos, Nino Bravo, etc. que cantábamos a coro con mas entusiasmo que vergüenza.
 Antes de derretir la insufrible tapicería llegábamos a la playa. Y cuando digo la playa me refiero a el aparcamiento distante una barbaridad de la arena. Después, ataviados de forma estrafalaria- gorritos infames, camisas mejorables, bañadores imposibles y sandalias indescriptibles, llegábamos a la ansiada arena, donde otras familias se asentaban ataviadas de igual manera.
 Enseguida al agua, perseguido por los consejos de supervivencia de los mayores, que, por supuesto, ignoraba. Entonces me convertía en un monstruo anfibio de película japonesa, asustando con mis peligrosas aletas y  entusiasmo a cuanta señora con gorrito de flores me topaba.
 Pero enseguida me cansaba y me quitaba las aletas para acercarme "donde no cubre" y liberarme de los pies de goma y del dichoso tubo de las gafas que nunca llegué a dominar. Entonces me didicaba a imitar al Dr. Cousteau localizando pececillos con mi visor científico- nuestras gafas de bucear-. Cuando notaba que las llemas de los dedos eran pasas volvía a la arena.
Con la respiración agitada llegaba al campamento familiar y me dejaba caer en la toalla respirando agitadamente mientras mi madre me amenazaba con un tarro de Nivea.
 Entonces la ví. A unos metros a mi izquierda surgió del agua. ¡Una sirena!. Salió del agua con su cuerpo cimbreante, moreno y delgado. Sus rasgos eran suaves y emarcaban dos ojos negros azabache. su pelo se le pegaba adorablemente a la frente y a los hombros. Vestía un bikini de cuadritos azules y blancos cuya braguita se anudaba con lazos a sus caderas. Sus formas núbiles estaban ya definidas, lo que indicaba que era unos años mayor que yo. Sus piernas finas y ágiles se doblaron mientras inclinaba la cabeza ladeándola para secar de forma sensual su pelo negro y largo. Entonces me miró y sonrió. Se tumbó boca abajo dejándome ver aquellos pechos que entraron en contacto con la arena caliente. Esa arena que había quedado adherida a sus nalgas y piernas como una segunda piel, cuyo tono rebelaba su gusto por el sol. Me recorrió con su mirada sonriendo, hasta que se percató de la reacción de mi entrepierna y entonces soltó una risita. Avergonzado me puse boca abajo y ella, a modo de despedida, se enfundo en unas Ray-Ban de cristales verdes que acabo de encajar con un gracioso golpecito en el puente.
 Me quedé dormido, con el sol acariciándome la espalda. Me despertó mi madre para comer. Entonces la busqué con la mirada pero la sirena ya no estaba. Por la tarde, durante las tres horas en que me prohibían nadar por los "cortes de digestión" la busque, playa arriba, playa abajo... Cansado me subí a un promontorio rocoso como un marinero que espera un regalo del mar. Nada.
 Ya de vuelta, en el coche sonaba una canción de Rod Stewart.
"You stole my heart but I love you anyway
Maggie I wish I`d never seen your face
Ill get on back home one of these days"
Yo miraba absorto por la ventanilla mientras el atardecer me regalaba un  cielo rosa y azul. Entonces mi padre me preguntó: ¿Y a tì que te pasa ahora?...
¿Como explicarle que había conocido a Maggie May?